Viktor Frankl – El Hombre en Busca de Sentido

¿Cómo afrontarías la vida si te hubieran internado en un campo de concentración y tratado peor que a un animal? “En un entorno que no reconociera la vida ni la dignidad humana, que despojara al hombre de su voluntad y lo redujese a «carne de exterminio», no sin antes exprimir sus fuerzas al máximo“.

Hoy te traemos nuestros fragmentos y citas favoritas de El hombre en busca de sentido, libro que Viktor Frankl escribió tras sobrevivir a los campos de exterminio, empleándolo como su propia terapia para “escupir” y deshacerse de todas las atrocidades que había vivido en los campos.

Viktor Frankl (1905-1997), fue un superviviente a los campos de exterminio nazi y fundador de la logoterapia. Esta psicoterapia la desarrolló para ayudar a las personas a encontrar y darle sentido a la vida, algo que descubrió que era esencial para ser felices, lo que pudo corroborar y evidenciar en su paso por los campos de concentración.

Tras finalizar la guerra, durante 9 días sin pausa, en su humilde y destartalado apartamento de Viena, Viktor relató con detalle lo vivido mientras tres secretarias por turnos, transcribían taquigráficamente el torrente de pensamientos y sentimientos expresados por él.

Tras esos 9 días, Viktor Frankl consiguió liberarse de toda mota de rencor o rensetimiento. Y aunque no olvidó la experiencia en los campos, sí superó su experiencia personal.

Esperamos de todo corazón que los fragmentos y citas de El hombre en busca de sentido que vas a escuchar a continuación, te sean de valor y que te ayuden a encontrar tu sentido.

Si lo prefieres, también puedes escuchar el podcast en Ivoox:

Te dejamos aquí el libro del cual hemos sacado todos estos fragmentos y frases.

«Evidentemente, el campo de concentración fue mi real prueba de madurez . No estuve obligado a presentarme — hubiese podido escapar de ello y emigrar a tiempo a Norteamérica — . Hubiese podido desarrollar la logoterapia en América, cumpliendo así con la misión de mi vida, pero no lo hice . Y así llegué a Auschwitz» .

“No es el sufrimiento en sí mismo el que madura o enturbia al hombre, es el hombre el que da sentido al sufrimiento.”

Viktor Frankl

«El sufrimiento, en cierto modo, deja de ser sufrimiento cuando encuentra un sentido…» .

¿Cuál es el sentido de la vida?

El sentido de la vida , en su acepción frankliana, es así de natural: amores, amistades, proyectos, obligaciones, ilusiones, nostalgias… , todo aquello capaz de servir de palanca para la acción concreta y cotidiana.

Y son, precisamente, esas acciones concretas y cotidianas las que completan el sentido de una vida, el día a día de una vida:

«No hay nada en el mundo que sea tan capaz de consolar a una persona de las fatigas internas o las dificultades externas como el tener conocimiento de un deber específico, de un sentido muy concreto, no en el conjunto de su vida, sino aquí y ahora, en la situación concreta que se encuentra» .

Internamiento en el campo 

Me resigné al curso de los acontecimientos, comportamiento que repetí en varias ocasiones durante mi internamiento. Intenté ganarme la confianza de los prisioneros veteranos. Acercándome sigilosamente, señalé el fajo de papeles del bolsillo interior de mi abrigo y le dije:

Mira, es el manuscrito de un libro científico. Sé que me vas a decir que no puedo esperar nada en estas condiciones y que debo estar agradecido de salvar la vida. Pero no lo puedo evitar: necesito conservar este manuscrito como sea; es el trabajo de toda mi vida. ¿Comprendes?

Parecía que comprendía. Empezó a esbozar una sonrisa, primero de compasión, luego burlona, insultante, hasta que soltó una palabra en respuesta a mi ansiedad, la palabra más omnipresente de la jerga del Lager:

¡Mierda!

En ese momento comprendí la verdad desnuda del campo de concentración, y me llevó a culminar la primera fase de mi reacción psicológica: hice borrón y cuenta nueva, dejando atrás toda mi vida anterior.

Las Primeras Reacciones

Así se desvanecían, una tras otra, las ilusiones que algunos de nosotros habíamos aún concebido. Y entonces, inesperadamente, la mayoría nos sentimos embargados por un humor macabro. Ese humor lo provocaba la conciencia de no tener nada, excepto nuestra ridícula existencia desnuda.

Cuando las duchas empezaron a funcionar, todos hicimos de tripas corazón y bromeamos sobre nosotros mismos y sobre los demás. A fin de cuentas, ¡salía agua de verdad!

Estábamos ansiosos por saber qué iba a suceder y qué consecuencias tendría. Por ejemplo, estar de pie a la intemperie, con el frío del final de otoño, completamente desnudos y mojados por el agua de la ducha. A los pocos días la curiosidad derivó en sorpresa: ¡no nos habíamos resfriado!

Yo creía que ciertas cosas eran imprescindibles, que no podría dormir sin esto, o vivir sin aquello. La primera noche en Auschwitz dormimos en literas de tres pisos. En cada litera, de aproximadamente 2 x 2,5 metros, dormían nueve hombres, directamente sobre tablones.

La Capacidad de Adaptación del Humano

Algunos usaban de almohada sus zapatos — aunque cubiertos de lodo — , a pesar de que estaba prohibido. Había otra opción, bastante penosa, para hacer una almohada: apoyar la cabeza sobre el pliegue casi imposible del brazo, a punto de dislocarse. Pues bien, en esas infames condiciones conciliábamos el sueño, que nos traía alivio y olvido de las penas durante unas horas.

Quisiera señalar algo más sobre nuestra capacidad de soportar los envites del Lager: a pesar de no cepillarnos nunca los dientes y de la carencia vitamínica que sufríamos, teníamos las encías más sanas que nunca. Resistíamos medio año con la misma camisa, si a «eso» se le podía llamar camisa. 

Otra cosa inexplicable: se helaban las cañerías y no nos lavábamos durante días ninguna parte del cuerpo; y, sin embargo, las llagas y las heridas de las manos, sucias del trabajo en la tierra, no supuraban (a menos que se congelaran).

Un prisionero que antes tenía el sueño ligero, a quien despertaba el más mínimo ruido, ahora dormía profundamente con otro compañero apretujándose a su lado y roncando en su oído .

Si alguien nos hubiera preguntado si la afirmación de Dostoyevski que define al hombre como un ser que puede acostumbrarse a todo era cierta, habríamos contestado: «Sí, el hombre puede acostumbrarse a todo, pero no nos pregunte cómo lo hace».

Nos hallábamos todavía en la primera fase de nuestras reacciones psicológicas. La idea de suicidarnos estaba presente en prácticamente todos nosotros, aunque fuera solo por momentos. Nacía de lo desesperado de la situación, de la amenaza de muerte que día tras día, hora tras hora, cada minuto se cernía sobre nosotros, y de la proximidad de la muerte de otros — la mayoría —. Pronto , el prisionero construía , gracias a la insensibilidad, un muy necesario escudo.

Cuando el dolor físico es lo de menos

“Aunque parezca extraño, en ciertas circunstancias un golpe fallido hiere más que uno que haya dado en el blanco.”

… se agachó alegremente, cogió una piedra y me la arrojó. Así se llama la atención de un animal doméstico para que vuelva a su trabajo, una criatura con la que se tiene tan poco en común que ni siquiera se la castiga. Aquella piedra me hirió más que los latigazos o los insultos soeces. Se quedó imborrable en mi corazón.

La indignación podía surgir incluso en prisioneros endurecidos, una indignación suscitada menos por la crueldad física o el dolor que por el insulto.

Nos recordaban que un trabajador normal rendía varias veces más que nosotros, y en menos tiempo. Pero nos comprendían cuando decíamos que ningún trabajador normal se alimenta con 300 gramos de pan (en la práctica recibíamos menos) y un litro de sopa aguada al día; no está sometido a la tensión psíquica de no tener ninguna noticia de sus familiares, que tal vez han sido deportados a otros campos y quizá han muerto ya en la cámara de gas; tampoco un trabajador normal vivía continuamente, cada día y a todas horas, amenazado de muerte.

Se entiende fácilmente que esa tensión psíquica, añadida a la obsesión de seguir vivos, reprima la vida interior llevándola a un nivel elemental. ¿Con qué soñaban los prisioneros más a menudo? Soñaban con pan, pasteles, cigarrillos y un buen baño de agua caliente .

Cuando las pesadillas son más agradables que la realidad

Nunca olvidaré la noche en que me despertaron los fuertes gemidos de un compañero agitado por alguna horrible pesadilla. Como siempre me han conmovido las personas que sufren pesadillas angustiosas, quise despertarlo. Estaba a punto de hacerlo cuando de repente retiré la mano, asustado por lo que iba a hacer.

En aquel momento comprendí, con toda crudeza, que ningún sueño, por horrible que fuera, podía ser peor que la realidad del Lager a la que cruelmente iba a devolverlo.

Viktor Frankl

Y por la noche, cuando nos quitábamos los piojos, al ver nuestro propio cuerpo desnudo todos pensábamos lo mismo: «En realidad, este cuerpo, mi cuerpo, ya es un cadáver. ¿Qué ha sido de mí? No soy más que una mínima parte de una gran masa de carne humana, encerrada tras la alambrada de espino, hacinada en un barracón de adobe. Una masa que cada día se descompone, porque ya no tiene vida» .

¿Dónde reside la verdadera fortaleza?

Pese a la bajeza física y mental imperantes en el campo de concentración, podía cultivarse una profunda vida espiritual. Las personas de mayor sensibilidad, acostumbradas a una activa vida intelectual, posiblemente sufrieran muchísimo (a menudo su constitución era frágil); sin embargo, el daño infligido a su ser íntimo fue menor, pues eran capaces de abstraerse del terrible entorno y adentrarse, a través de su espíritu, en un mundo interior más rico y dotado de paz espiritual.

Solo así se explica la aparente paradoja de que los menos fornidos soportaran mejor la vida del campo que los de constitución más robusta.

El amor como principal combustible

Caminábamos kilómetros a trompicones, resbalando en el hielo y sosteniéndonos mutuamente, sin decir nada, pero los dos sabíamos que cada uno pensaba en su mujer.

Yo levantaba de vez en cuando la vista al cielo y veía diluirse las estrellas en el primer albor rosáceo de la mañana, tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien imaginaba con asombrosa nitidez. La vi contestándome, sonriéndome con su mirada franca y alentadora. Real o imaginaria, su mirada iluminaba más que el sol del amanecer.

En ese estado de embriaguez, un pensamiento vino a mi mente. Comprendía, por primera vez, la verdad contenida en las canciones de los poetas y proclamada como el conocimiento supremo por tantos pensadores:

El amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre.

Viktor Frankl

Percibí entonces, en toda su profundidad, el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias intentan comunicar: la salvación del hombre consiste en el amor y pasa por el amor. Comprendí que un hombre despojado de todo todavía puede conocer la felicidad — aunque sea solo por un instante — si contempla al ser amado.

Incluso en un estado de desolación absoluta, cuando ya no cabe expresarse mediante una acción positiva, cuando el único logro posible consiste en soportar dignamente el sufrimiento, en tal situación, el hombre es capaz de realizarse en la contemplación amorosa de la imagen de la persona amada.

Delante de mí un hombre tropezó y se desplomó, y sobre él cayeron los que iban detrás. Furioso, el guardia se acercó y sacudió el látigo sobre los cuerpos esparcidos por el suelo. Este incidente distrajo mi pensamiento por unos segundos, pero enseguida mi alma encontró el camino para regresar a su mundo, y olvidándome de la vida en cautiverio, seguí hablando con mi amada:

…yo le preguntaba y ella contestaba; luego ella preguntaba y yo respondía. Ignoraba si mi mujer vivía y no tenía medios para averiguarlo (a lo largo del cautiverio no tuvimos contacto postal con el exterior), pero en aquel momento esa cuestión había dejado de inquietarme.

No sentía necesidad de comprobarlo; nada afectaba a la fuerza de mi amor, a mis pensamientos y a la imagen de mi amada. Si entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que — insensible a la noticia — habría seguido contemplando su imagen y hablando con ella con igual viveza y satisfacción.

A medida que se intensificaba la vida interior de algunos reclusos, apreciábamos también la belleza del arte y de la naturaleza con una emoción desconocida. Bajo su influencia olvidábamos a veces las terribles condiciones de nuestro entorno.

Si en el trayecto de Auschwitz a un campo de Baviera alguien hubiera visto, asomados a los ventanucos de los vagones del tren, nuestros rostros radiantes al contemplar las cimas de las montañas de Salzburgo, refulgentes por la puesta de sol, no habría creído que fuésemos hombres que habían perdido toda esperanza de vida y libertad.

A pesar de ello — o tal vez precisamente por ello — nos maravillaba la belleza de la naturaleza, de la que nos privó tanto tiempo el cautiverio.

Una tarde, de vuelta en los barracones, ya tumbados en el suelo por el cansancio, con el cuenco de sopa entre las manos, entró de pronto un compañero que nos urgía a salir a contemplar una maravillosa puesta de sol.

Allí, de pie, vimos hacia el oeste un cielo plagado de nubes que variaban de forma y color, del azul acero al rojo bermellón. Esa luminosidad contrastaba con la hiriente desolación grisácea de los barracones y del suelo fangoso, cuyos charcos reflejaban aún el resplandor del cielo. Luego, tras unos minutos de silenciosa emoción, un prisionero dijo: «¡Qué hermoso podría ser el mundo!».

Sí, tiene sentido. Por supuesto que lo tiene.

En una violenta protesta contra lo inexorable de la muerte inminente, sentí que mi espíritu atravesaba todo el gris circundante, que trascendía ese mundo desesperado, y en algún lugar oí un victorioso «sí» en respuesta a mi pregunta sobre si finalmente la vida tenía sentido.

De pronto se hizo el silencio y un violín tocó en la noche un tango desesperadamente triste, una melodía desconocida y quizá por eso más atractiva. El violín parecía «llorar» y una parte de mí también lloraba: aquel día alguien cumplía veinticuatro años, alguien que dormía en algún lugar de Auschwitz, tal vez solo a unos cientos de metros de mí, y aun así por completo inalcanzable. Ese alguien era mi mujer.

“Una de humor camarero”

El humor es otra de las armas del alma en su lucha por la supervivencia. Es sabido que el humor, más que cualquier otra cosa en la existencia humana, proporciona el distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier situación, aunque sea un instante. Yo mismo aleccioné a un amigo y colega, junto al cual trabajé durante semanas, a desarrollar su sentido del humor. Le sugerí que inventáramos cada día al menos una historia divertida que pudiera suceder tras nuestra liberación.

Los intentos por desarrollar el sentido del humor y ver la realidad bajo una luz humorística constituyen una especie de truco que aprendemos en el arte de vivir. Incluso es posible practicarlo en un campo de concentración, aunque el sufrimiento sea omnipresente

Se podría explicar de esta forma: el sufrimiento humano actúa como un gas en una cámara vacía; el gas se expande por completo y regularmente en el interior, con independencia de la capacidad de la cámara. Análogamente, el sufrimiento, sea fuerte o débil, ocupa el alma y toda la conciencia del hombre. De ahí se deduce que el «tamaño» del sufrimiento humano es relativo. Y a la inversa, el hecho más insignificante puede generar las mayores alegrías.

En el recuento de los recién llegados faltaba un prisionero. Tuvimos que esperar, bajo la lluvia y el viento helado, a que apareciera. Lo encontraron finalmente dormido en un barracón, abatido por el cansancio. En represalia, ese recuento se convirtió en castigo: estuvimos de pie, a la intemperie, toda la noche hasta la mañana siguiente, helados y calados hasta los huesos, después de un viaje agotador. ¡Y aun así nos sentíamos todos muy contentos! Estábamos en un campo sin chimenea y lejos de Auschwitz.

Cuando envidias a un preso

Con qué claridad comprendimos la relatividad del sufrimiento humano. ¡Cómo envidiábamos a estos presos por su vida relativamente ordenada, segura, higiénica y feliz! Quizá se bañaban con cierta frecuencia, pensábamos con tristeza. Seguramente disponían de cepillos de dientes, de ropa, de un colchón para cada uno, y el correo les traía cada mes noticias de los suyos, o al menos sabían si estaban vivos o muertos.

Nosotros, en cambio, hacía mucho tiempo que no teníamos ninguna de esas cosas. Se envidiaba al que no tenía que chapotear en la húmeda y fangosa arcilla de una pendiente, mientras vaciaba durante doce horas las artesas del ferrocarril. La mayoría de los accidentes diarios se producían en esa tarea, y con frecuencia eran mortales.

Agradecíamos el alivio más insignificante. Nos conformábamos con tener tiempo para despiojarnos antes de ir a la cama, lo que no era ningún placer, pues había que estar desnudo en un barracón con carámbanos colgando del techo. Nos contentábamos si durante la operación no sonaba la alarma aérea y la luz no se apagaba. Pues en la oscuridad era imposible despiojarse y no hacerlo suponía pasar la noche en vela.

Los escasos « placeres » de la vida del campo no constituían sino una especie de felicidad negativa — « la ausencia de dolor »

Viktor Frankl

Descendiendo al nivel animal

Influido por un entorno que no reconocía la vida y la dignidad humanas, que despojaba al hombre de voluntad y lo reducía a «carne de exterminio» (no sin antes exprimir sus fuerzas al máximo), la persona acababa por perder sus principios morales.

Si en un supremo esfuerzo por conservar la dignidad, el prisionero no luchaba por mantener sus principios, terminaba por perder la conciencia de su individualidad — un ser con mente propia, con voluntad e integridad personal — y se consideraba una simple fracción de una enorme masa de gente: la vida descendía al nivel animal…

Como si fueran ganado — de un sitio a otro, juntos o separados — , como un rebaño de ovejas sin pensamiento propio o voluntad. Nosotros obedecíamos como borregos con dos únicos pensamientos: evitar a los perversos sabuesos y conseguir un poco de comida.

No me perturbaban los cadáveres tendidos a mi lado, hormigueantes de piojos. Lo único que me despertaba de mis ensueños eran las inquietantes pisadas de los guardias, o el aviso de la enfermería para recoger un suministro de medicinas para mi barracón — cinco o quizá diez tabletas de aspirina para varios días y cincuenta pacientes — .

Un hombre contaba solo por su número de prisionero, uno se convertía literalmente en un número: estar vivo o muerto, eso carecía de importancia, porque la vida de un « número » era del todo irrelevante. Y todavía importaba menos lo que había detrás de ese número y esa vida: el destino, la historia, el nombre del prisionero…

La mayoría de los prisioneros sufrían una especie de complejo de inferioridad. Todos habíamos sido — o creíamos haber sido — «alguien» en la vida anterior al internamiento. Ahora se nos trataba como si no fuéramos nada, como si no existiéramos .

¿Qué decir de la libertad humana?

¿Qué decir de la libertad humana? ¿No hay libertad de la conducta frente al entorno? ¿El hombre no puede escapar a la influencia de su entorno? 

La experiencia de la vida en el campo de concentración demuestra que el hombre mantiene su capacidad de elección.

El hombre puede conservar un reducto de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en terribles estados de tensión psíquica y física.

Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la libertad humana — la libre elección de la acción personal ante las circunstancias — para elegir el propio camino .

Viktor Frankl

Y allí siempre había ocasiones para elegir. Cada día, cada hora, brindaba la oportunidad de tomar una decisión, una decisión que estipulaba si uno se sometería o no a la presión que amenazaba con arrebatarle el último vestigio de su personalidad: la libertad interior. Una decisión que prefijaba si la persona se convertiría — al renunciar a la libertad y la dignidad — en juguete de las condiciones del campo, dejándose moldear por ellas hasta convertirse en el prisionero «típico».

Vistas desde este ángulo, las reacciones psicológicas de los prisioneros de un campo de concentración van mucho más allá de la mera expresión de determinadas condiciones físicas y sociológicas.

Por mucho que todas ellas — la falta de sueño , la escasísima alimentación y las múltiples tensiones psíquicas — nos induzcan a suponer un comportamiento estereotipado de los reclusos, se advierte, en un análisis más profundo, que el tipo de persona en que se convertía cada prisionero era más el resultado de una decisión personal que el producto de la tiranía del Lager.

De modo que cada hombre, incluso en condiciones trágicas, puede decidir quién quiere ser — espiritual y mentalmente — y conservar su dignidad humana.

Viktor Frankl

Dostoyevski escribió: «Solo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos».

Estas palabras acudían constantemente a mi mente al conocer a esos mártires cuya conducta, sufrimiento y muerte en el campo suponían un testimonio vivo de que el reducto íntimo de libertad nunca se pierde.

Ellos fueron dignos de su sufrimiento; la manera en que lo soportaron supuso una verdadera hazaña interior. Precisamente esa libertad interior, que nadie puede arrebatar, confiere a la vida intención y sentido.

Una vida activa cumple con la finalidad de brindar al hombre la posibilidad de desempeñar un trabajo que le proporciona valores creativos…

una vida contemplativa también le concede la posibilidad de hallar la plenitud al experimentar la belleza, el arte o la naturaleza…

…Pero también atesora sentido una vida exenta de creación o contemplación, que solo admite una única capacidad de respuesta: la actitud de mantenerse erguido ante su inexorable destino, como por ejemplo en un campo de concentración.

Siempre hay un sentido

En esas condiciones, al hombre se le niega el valor de la creación o de la vivencia, pero aun así la vida ofrece un sentido. De manera que todos los aspectos de la vida son significativos; también el sufrimiento.

Si hay un sentido en la vida, entonces debe haber un sentido en el sufrimiento.

Viktor Frankl

La experiencia indica que el sufrimiento es parte sustancial de la vida , como el destino y la muerte . Sin ellos, la existencia quedaría incompleta .

Mientras que la principal preocupación de la mayoría de los prisioneros se resumía en la pregunta : ¿sobreviviremos? — de no ser así , no valdrían de nada los atroces sufrimientos — , a mí me angustiaba otra cuestión: todo este sufrimiento, todas esas muertes, ¿tienen un sentido? — pues, de no ser así, tampoco tendría sentido sobrevivir a la estancia en el Lager — .

Una vida que consistiera solo en salvarse o perecer, cuyo sentido dependiera del azar de las miles de arbitrariedades que conforman la vida en un campo de concentración, no merecería ser vivida.

¿Cómo enfrentarás a tu destino? 

La actitud con la que un hombre acepta su destino y el sufrimiento que este conlleva, la forma en que carga con su cruz, comporta la singular coyuntura — incluso en circunstancias muy adversas — de dotar de sentido profundo a su vida.

Puede conservar su valor, su dignidad, su generosidad o, arrastrado en la amarga lucha por la supervivencia, puede olvidar su dignidad humana y actuar como un animal, como sucede con los prisioneros de los campos.

En esa decisión reside la oportunidad de atesorar o despreciar los valores morales que su dolorosa situación y su duro destino le brindan para su enriquecimiento interior. Y eso determina si será o no digno de sus sufrimientos.

La libertad interior puede elevar al hombre por encima de un destino adverso, y eso no solamente en un campo de concentración .

Cualquier hombre, a lo largo de su vida, se verá enfrentado a su destino y tendrá la oportunidad de convertir un puro estado de sufrimiento en una hazaña interior.

Viktor Frankl

Hay unanimidad entre los liberados en que la influencia más deprimente del cautiverio era no saber cuánto duraría el internamiento. Nadie podía pronosticar una fecha de liberación (en nuestro campo hasta resultaba absurdo mencionar el tema) . La duración no solo era incierta, sino ilimitada .

Resultaba imposible predecir cuándo y cómo terminaría esa vida, en caso de tener fin. El vocablo latino finis posee dos significados : «final» y «meta a alcanzar». Un hombre que no vislumbraba el fin de su «vida provisional» tampoco podía aspirar a una meta.

A diferencia del hombre normal, el prisionero no vivía ya orientado hacia el futuro. Por consiguiente, se modificaba por completo su estructura psicológica. Aparecían signos de decaimiento que se conocen en otras facetas de la vida.

El obrero en paro, por ejemplo , se halla en una situación similar; su vida se ha vuelto provisional, y con el futuro cercenado sus metas son inseguras. Los estudios realizados con mineros sin trabajo han demostrado que padecen una deformación en la percepción del tiempo — del tiempo subjetivo — , resultado de su condición de parados .

«La vida es como visitar al dentista. Siempre crees que lo peor aún está por llegar, cuando en realidad ya ha pasado».

Bismarck

*El libro del cual hemos sacado todos estos fragmentos y frases puedes encontrarlo aquí.

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